La respiracion del mar

Estoy entre las piedras, escuchando el mar.

Ola tras ola el océano se ha hecho de hermosas esculturas, de rincones y grandes huecos, de orillas llenas de vida.
Se asoman los cangrejos tras haberse escondido apresurados por mi llegada y toman sus posiciones en las rocas de este pequeño acantilado. Esperan la ola, la sienten venir y se aferran un poco más a la roca, mientras los envuelve la espuma… los caracoles afianzados a la piedra, tiñéndola poco a poco color púrpura, forman grandes familias.

Yo también vine aqui buscando un lugar propicio para mí. La playa cercana a donde estamos desde hacer un par de semanas en Huatulco, Oaxaca, llamada Chahue se va llenando de gente ahora que ya es semana santa y la sencillez de un aviso de peligro mal escrito sobre las rocas me ha reservado un espacio de soledad que tiene algo de sagrado, y me gusta el gesto de buscar este peligro, de estar de algún modo apegado a él.

Me anonada pensar en todo el tiempo que ha estado el mar golpeando suavemente estas rocas, y lo aparentemente monótono que esto ha venido siendo… pero puedo quedarme horas escuchando todos sus sonidos, y la cadencia especialmente amplia y modulada en que se empeña de nuevo en su labor. Y me doy cuenta que en realidad no parece nada una labor, sería absurda y eterna. Pensar en que el mar se esfuerza en cada ola, o que planea su próxima arremetida contra la firmeza de las rocas, para de nuevo, y con ese implacable ritmo, arrojarse con fuerza a la ejecución, puede parecerme extrañamente atractivo, por lo necio y grande de mi espíritu, al que le gustan las pruebas y los empeños utópicos. Pero más que eso parece una carga demasiado pesada, casi una tortura prometéica, más bien es algo sexual y ligero, como la espuma que deja en las rocas, tras cada prolongada caricia.

Leía hace rato del alma de las relaciones, y recordando el temazcal de hace unos días pensé en la belleza de la frase: “Por todas mis relaciones”. El apego y la huida del apego, los dos primeros capítulos de una exploración de las relaciones humanas desde el punto de vista, y más bien el punto de intuición, de los misterios del alma. Comenzando por valorar y dar lugar a los muchos apegos en los que se manifiesta lo más intrínseco de nuestra alma, agradables y conflictivos, como nuestra afición por ciertas personas, lugares, objetos, y al tiempo pasado, a la inercia de nuestra vida cercana a los ritmos terrestres y acuáticos de la Tierra, de la procreación. Y luego el conflicto con el afán libertario e inspirado del espíritu, retratado en el mito como Apolo, todo solar, creador de artes y ciencias, revelador de lo oculto y gran poeta y músico. Dafne por su lado, que huye de su afán de poder, y desdeña todo para estar entre los bosques vírgenes y salvajes representa el alma y su modo esquivo de buscar conservarse pura, no en un sentido mojigato, sino esencial, en no negociar, someter, ni cultivar o educar su alma o sus deseos. En ambos apego y huida del apego, tensión erótica y narrativa, es decir, cocreadora y procreadora.

El hecho es que mi realidad transcurre buena parte del tiempo de manera prosaica, anecdótica. En una sana cantidad toma tintes de novela, de cuento, y entre los días se cuela su buena dosis de poesía pura, del néctar. Ahora en las piedras al fin me dejo estar en donde estoy, el paraíso. Pero igual es cierto que la caminata al rayo del sol cargando a mi hija dormida al hombro, con un dolor intenso en la baja espalda y el sudor corriéndome por todo el cuerpo me irritaron el ánimo. Y que mis dependencias y aficiones hacen conflictiva mi relación con mi amada, y que aún en la playa, me aburro un poco tras dos semanas y busco algún estímulo.

Todas mis relaciones reflejan mi estado interno, y en gran medida me dan lo que espero de ellas (aunque lo que espero no es sólo lo racional, es una mezcla de lo que me imagino, temo y deseo de ellas) y el mismo escenario es amable o adverso, la misma acción estimulante o viciada. La clave es, como diría Meister Eckhart, “tomar las cosas allí donde son puras”, y esto incluye tomarlas con pureza, no comer muriéndose de hambre o sin apetito y a la vez tomarlas “en su punto”, con sincronía, como una fruta mientras está madura. Imaginamos nuestras oleadas mientras ya nos estamos arrojando contra las rocas de nuestros linderos, a veces afanándonos y con dificultades, otras festivos y abundantes, entre caricias y golpes, co-formándonos.

Escuchar los ritmos de mis apegos y desapegos, sin querer apresurar la huída o el abrazo revela el secreto de mi respiración, el modo en que aprehendo la vida y la hago mía. La respiración del mar jamás termina y es extremadamente constante en su infinita variabilidad. Siempre una ola distinta, marcando un ritmo curiosamente humano. Este pulso para un organismo tan grande como el océano parece inauditamente veloz, pero escucharlo, aún cuando el mar está más agitado, produce un sosiego entrañable. La respiración del mar es maestra de amor.

3 Responses to “La respiracion del mar”

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  1. rush says:

    buen trabajo brow

  2. Ireri says:

    Inefable, el juego (Gadameriano) del vaivén de la mar

    • driveroll says:

      Así es Itzel, un juego de roces que no tiene fin, ni en el sentido fenoménico, ni como intención… como bien lo caracteriza Gadamer

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